Los valores espirituales son la base de una
buena educación, y la familia el núcleo donde se deben forjar estos valores. En
estos tiempos donde la prisa y lo superficial se ha convertido en la costumbre,
no nos damos cuenta de la necesidad de inculcar los verdaderos valores a
nuestros hijos.
El principal factor, que está destruyendo la
sociedad y la propia familia es, esa indiferencia en la que nos hemos
acostumbrados y vemos como remota la idea de que nuestros hijos puedan ser
responsables y respetuosos. Dado que ya se ve como algo irremediable corregir
porque es casi natural que los hijos demuestren esa supuesta autonomía, que no
es más que parte de la malcriadeza con que se han educado nuestros jóvenes,
quienes han confundido la libertad que
exigen con desconsideración que dejan ver en su comportamiento.
Pero es la propia familia que ha descuidado su
principal tarea que es, educar a los hijos
como mandan las normas de conducta, para que su comportamiento los
coloque en un renglón de aceptación ante los demás, como entes aplicados y
conscientes de su responsabilidad como hijos. La transmisión de los verdaderos
valores espirituales nos permite desarrollar los principios que nos hacen tener
una relación intima con Dios, lo que por lo tanto nos convierte en seres más
humildes y humanitarios.
Mientras que la carencia, convierte a la
persona en seres despiadados y sin ningún tipo de consideración hacia los demás.
Hasta tanto los padres de familia no comprendan esta responsabilidad para con
sus hijos, continuaremos sufriendo las consecuencias de esta oleada de
violencia y delincuencia que hoy en día se vive, en una sociedad que era modelo
ante las demás naciones por el trato amable que les dispensábamos a los que nos
visitaban, pero ya nadie, ni los propias ciudadanos de esta tierra, confían en
andar por las calles, ya que el temor se ha apoderado de la gente que vive en constante turbación por la
insoportable conducta de nuestros jóvenes que le dan más valor a las cosas
materiales que a la propia vida de los demás.
Basta de tanta apatía y descuido en la crianza
de la familia… es tiempo de que cada uno se convierta en un promotor de los
verdaderos valores, tanto éticos, morales y espirituales que tanta falta les están
haciendo a nuestra sociedad.


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